El ejemplo de el siervo fiel: un desafío actual
“Por medio de las que nos ha otorgado gloriosas y magníficas promesas, para que por ellas llegaseis a ser partícipes de la esencia divina, habiendo fugado de la depravación que hay en el planeta a causa de la codicia.”** 2 Pedro 1:4.
No fue más simple para Enoc vivir una trayectoria recta en sus épocas, que para nosotros experimentarla en el período presente. El mundo de su generación no era más propicio al crecimiento en la virtud y la consagración que el de hoy. Mediante la oración y la intimidad con Dios, el fiel escapó de la contaminación que está en el mundo por la pasión. Y fue su consagración por Dios lo que lo preparó para la ascensión.
Vivimos en medio de los tiempos críticos de los últimos días, y debemos recibir nuestra fortaleza de la misma raíz, debemos vivir con Dios. Se requiere de nosotros que nos separemos del entorno. No podemos seguir incontaminados de su mancha a menos que imitemos el modelo del justo Enoc y andemos con Dios. Pero cuántos https://youtu.be/lTodTHoAq1Q son esclavos de la debilidad de la naturaleza caída, de los deseos de los ojos y la soberbia de la humanidad. Esta es la explicación por la \#SantidadVerdadera que no son herederos de la naturaleza divina y no se apartan de la corrupción que está en el planeta por la concupiscencia. Estos se rinden a y glorifican al yo. La obsesión constante que tienen es: ¿qué comeremos?, ¿qué tomaremos?, ¿qué ropa usaremos?
Muchos declaran de renuncia, pero no comprenden lo que implica. No han gustado ni el primer paso. Predican de la muerte de Cristo, declaran la fe, pero no tienen práctica en la abnegación, en tomar la cruz e seguir a su Señor.
Si llegaran a ser receptores de la vida divina, el mismo espíritu que habita en el Señor estaría en sus corazones. La misma ternura, el mismo amor, la misma misericordia y compasión se mostrarían en sus acciones. Entonces, no retrasarían que el necesitado y el desdichado vinieran a ellos pidiendo auxilio para sus aflicciones. Servir y auxiliar al necesitado sería algo tan espontáneo para ellos como lo fue para Cristo el sanar a otros.
Cada varón, hermana y muchacho que confiesen la doctrina de Cristo, debieran entender la obligación que descansa en ellos. Todos haríamos bien en sentir que ésta es una tarea y una batalla intransferible, una predicación personal de Cristo, encarnada cada día. Si cada uno lograse comprender esto y a ejecutarlo, seríamos tan eficaces como un pueblo con sus estandartes. La unción celestial se reposaría sobre nosotros. El resplandor divino iluminaría en nuestras acciones y la luz de la gloria de Dios reposaría en nosotros como sobre el consagrado Enoc.